Gustavo Duncan escribió en El Tiempo que a las élites llegaron “los nadies” y “los nuncas”. Eso es bueno. Lo que preocupa, dice, es que muchos de los nuevos no ven el poder como algo para compartir. Vale la pena preguntarse por qué.
Una explicación posible es que, en Colombia, como en otros países, el pluralismo casi nunca fue una virtud, es decir, la convicción de que el otro tiene derecho a pensar distinto y a gobernar. Fue, más bien, una deuda política: el poder se compartía con quienes habían ayudado a conquistarlo.
Durante décadas, para ganar la Presidencia había que sumar apoyos: partidos, jefes regionales, gremios, coaliciones. Esos apoyos se reconocían con espacios en el gobierno. Era imperfecto, pero tenía algo valioso: quien ganaba sabía que no podía gobernar solo, y eso lo obligaba a escuchar o por lo menos oír. No se respetaba al distinto por principio; se le respetaba porque se le necesitaba.
Eso empezó a cambiar. Es cierto que De La Espriella no es el primer presidente con una fuerza electoral personal. Uribe y Petro también desbordaron, hasta cierto punto, las organizaciones tradicionales. Pero aquí los partidos se acercaron a un liderazgo que ya se había consolidado por su cuenta. Ese margen de autonomía es relevante.
El problema aparece cuando la deuda desaparece y el pluralismo se queda sin acreedores. Si solo existía por acuerdo, quien no le debe el triunfo a nadie puede sentir que tampoco le debe nada al que perdió. Les ocurre a la izquierda y a la derecha, y los primeros en sufrirlo son los contrapesos.
Y llega en un momento delicado. Según Invamer, el 58 % está insatisfecho con la democracia. Para muchos jóvenes, democracia es sinónimo de promesas vacías: mucha confrontación, pocas oportunidades y resultados que no llegan. Churchill decía que es el peor sistema de gobierno, excepto todos los demás. Pero a una generación desencantada no se le puede pedir que la defienda solo porque las alternativas son peores. Hay que darle razones para creer en ella.
Esa es quizá la mayor oportunidad del Presidente. Ganó con 49,65 % frente a 48,70 %: su legitimidad es plena y le alcanza para gobernar para todos y generar el bienestar y el crecimiento que necesitamos los colombianos. No deberles la Presidencia a los de siempre le permite demostrar que la autonomía puede traducirse en instituciones más confiables y resultados concretos.
¿Cómo pasar del pluralismo por deuda al pluralismo por convicción? Comparto algunas ideas.
Primero, el consenso. Toda reforma estructural, en justicia, educación, seguridad o impuestos, debería pasar por un diálogo formal con la oposición antes de radicarse. Si las leyes nos afectan a todos, deberían construirse entre todos.
No deberles la Presidencia a los de siempre le permite a Abelardo De La Espriella demostrar que la autonomía puede traducirse en instituciones más confiables y resultados concretos
Segundo, blindar a los árbitros. La Registraduría mantuvo 69,7 % de imagen favorable aun bajo ataques. Ningún gobierno debería cambiar en su periodo las reglas de las cortes, del Banco de la República o del sistema electoral.
Tercero, empresarios que defiendan reglas generales y no solo intereses particulares. La mayoría juega limpio, y su voz hace falta: un empresariado que defiende la seguridad jurídica protege a todos.
Cuarto, aprender a perder. En el fútbol, el equipo que pierde la final no se lleva el balón ni pide cambiar al árbitro: acepta el resultado y se prepara para el próximo torneo.
Colombia ya democratizó el acceso al poder; ahora le falta democratizar su ejercicio. Una democracia que solo escucha cuando debe deja de escuchar cuando gana. Este gobierno no tiene acreedores en los partidos ni en los gremios. Tiene uno más exigente: los colombianos, sobre todo los jóvenes, que esperan razones para volver a creer en la democracia.
* Presidenta de AmCham Colombia y Aliadas

