Durante años nos dijeron que la globalización estaba haciendo al mundo cada vez más pequeño. Una pieza podía fabricarse en Asia, cruzar dos océanos y terminar en una planta de Estados Unidos sin que nadie cuestionara demasiado la distancia. Hoy esa lógica empieza a cambiar y, mientras Estados Unidos hace más difícil algunos de sus puentes comerciales más lejanos, América Latina empieza a quedar más cerca.
No es solamente una cuestión de aranceles. Las guerras y tensiones internacionales han vuelto a recordar algo básico. La geografía importa. El estrecho de Ormuz y Bab el-Mandeb, frente a Yemen, son puntos críticos para el comercio y la energía mundial. Cuando una ruta se bloquea, suben los costos, cambian los seguros, se desvían barcos y las empresas replantean de dónde compran y por dónde mueven sus productos.
Por eso cada vez se habla más de pasar del just in time al just in case. Ya no basta con comprar donde sea más barato. También importa tener proveedores confiables, rutas alternativas y producción más cerca. Para Colombia esa debería ser una señal enorme.
Tenemos acceso al Caribe y al Pacífico, un tratado de libre comercio con Estados Unidos, puertos, talento, recursos naturales y una ubicación que hoy puede valer mucho más. En 2025 el comercio de bienes y servicios entre ambos países superó los 54.000 millones de dólares. Para la Costa Caribe la oportunidad es todavía más evidente. Barranquilla, Cartagena y Santa Marta deberían pensar el nearshoring no solamente como empresas norteamericanas contratando talento colombiano, sino como manufactura, logística, agroindustria, energía y servicios producidos desde acá para Norteamérica.
Y acá también tenemos que reconocer que perdimos tiempo. Mientras las cadenas globales empezaban a fracturarse y Estados Unidos buscaba proveedores más cercanos, el gobierno Petro no convirtió esa oportunidad en una prioridad nacional con la urgencia que requería. Durante 2025, además, la relación con nuestro principal socio comercial atravesó varios choques diplomáticos, incluyendo la crisis por los vuelos de deportados, amenazas de aranceles, el llamado a consultas de los embajadores y posteriormente la descertificación de Colombia en la lucha antidrogas.
Desde una perspectiva económica cuesta entender esa estrategia. Si nuestro principal socio estaba buscando reducir riesgos y acercar parte de sus cadenas de suministro, nosotros debimos estar fortaleciendo esa relación, atrayendo empresas, ampliando capacidad productiva y presentándonos como una alternativa natural para Norteamérica.
Con la energía ocurrió algo parecido. Colombia podía acelerar su transición hacia fuentes renovables y al mismo tiempo mantener una estrategia seria de petróleo y gas. Las dos cosas no eran incompatibles. Hoy vemos por qué. El país produce alrededor de 740.000 barriles diarios y tiene reservas probadas equivalentes a unos 7,4 años de producción. No podemos abrir una llave y reemplazar de un día para otro los barriles que dejen de salir de Medio Oriente. Aumentar producción requiere inversión, exploración y años de preparación.
La oportunidad sigue estando ahí. Estados Unidos tiene el mercado, el capital y una necesidad creciente de cadenas más cercanas y confiables. Nosotros tenemos ubicación, puertos, recursos, talento y capacidad productiva. Eso debería permitirnos llegar a la mesa no solamente a pedir inversión, sino sabiendo qué tenemos para ofrecer.
También tenemos que entender cómo negocia Estados Unidos. La administración Trump negocia duro y usa aranceles y acceso al mercado como herramientas de presión. Eso no tiene por qué jugar en contra nuestra. Colombia tiene que aprender a jugar bien ese juego, saber qué quiere, qué puede ofrecer y cuáles son sus límites.
El error sería confundir cercanía con subordinación. Ser socio de Estados Unidos no significa decir que sí a todo. Significa entender que una buena relación funciona cuando ambos lados saben qué llevan a la mesa y cuánto vale.
La geografía nos dio una ventaja que durante años dimos por sentada. Ahora que el mundo vuelve a reorganizar rutas, proveedores y alianzas, tenemos otra oportunidad para aprovecharla. Esta vez no deberíamos llegar tarde.

