La nevera vacía en el comunismo

Hay ideas que seducen porque suenan a justicia y terminan siendo maquinarias de destrucción. El comunismo es la más sofisticada de esas trampas.

Marx soñó, en 1875, con una sociedad donde cada persona aportara según su capacidad y recibiera según su necesidad. El problema es que para ejecutarlo hace falta un Estado que decida qué necesita cada quien, qué puede producir cada quien, y que castigue a quien piense diferente.

Lenin, Stalin, Mao, Castro, Maduro. Cada uno prometió el paraíso prometido por Marx. Y cada uno entregó lo mismo, escasez, represión y miedo. No es coincidencia. Es el resultado de un sistema que parte de una premisa absolutamente falsa: que el Estado sabe mejor que cada uno sobre qué hacer con su vida, su dinero y su talento.

La historia tiene un experimento perfecto de análisis para quienes todavía dudan. Corea del Norte y Corea del Sur. Mismo pueblo, mismo idioma, misma historia, mismo territorio hasta 1953. Hace setenta años se dividieron. El sur eligió democracia y mercado libre; el norte eligió comunismo.

Hoy, Corea del Sur tiene un ingreso per cápita de aproximadamente 33.000 dólares anuales y es líder mundial en tecnología, educación y exportaciones. Corea del Norte tiene un ingreso per cápita de menos de 1.800 dólares, hambre estructural y campos de concentración para quien se atreva a disentir. La única variable fue el sistema elegido.

Cuba tenía en 1959 uno de los mayores ingresos per cápita de América Latina. Hoy, después de sesenta y cinco años de revolución, el 88% de su población vive en pobreza multidimensional. La nevera y la farmacia cubanas están vacías. El comunismo distribuye miseria con eficiencia impresionante.

Venezuela repitió la receta. Con las reservas de petróleo más grandes del mundo, el chavismo convirtió a uno de los países más prósperos de la región en el escenario de la mayor diáspora de América Latina. Casi 8 millones de venezolanos han salido en búsqueda de oportunidades.

El Estado no produce nada. Todo lo que distribuye, primero lo toma de alguien, como bien lo anticipó Frédéric Bastiat.

Cuando un gobierno crea una empresa pública o lanza un subsidio, no está generando riqueza nueva. Está tomando recursos de los ciudadanos que trabajan, producen y pagan impuestos, y redirigiéndolos. Si esa redirección es ineficiente, y en el comunismo siempre lo es, el resultado no es prosperidad compartida, sino empobrecimiento generalizado. Cuando un sistema económico depende del Estado como motor, no está construyendo riqueza, está redistribuyendo lo que otros crearon, hasta que no queda absolutamente nada que redistribuir.

Bastiat también advirtió algo que el comunismo confirma en cada experimento histórico. La sociedad no es una entidad abstracta con derechos propios. Está compuesta por individuos reales, con talentos y proyectos reales. El sistema que sacrifica al individuo en nombre del colectivo, no salva al colectivo, sino que termina destruyendo a todos, uno a uno.

El comunismo ataca la familia porque la familia es leal a algo más profundo que el Estado. En Cuba, los hijos aprenden en la escuela a reportar lo que dicen sus padres en casa. En Venezuela, las redes de control barrial, llamados Comités de Defensa, vigilan quién se reúne con quién y quién opina qué. Ataca la fe porque la fe es una autoridad que no puede controlar. Ataca la iniciativa individual porque quien se basta a sí mismo no necesita al partido. El comunismo no quiere ciudadanos, quiere dependientes.

Todo esto no es una historia lejana. Es el dilema del 21 de junio. Colombia tiene dos caminos en el tarjetón. Uno apuesta por la democracia, las instituciones, la libertad económica y la iniciativa privada como motores de desarrollo. El otro lleva décadas ensayándose en el continente con el mismo resultado, más tamaño del Estado, menos libertad, más promesas, menos servicios. Más pobreza, menos riqueza.

Bastiat también nos dejó una advertencia final. Cuando el Estado toma de unos para dar a otros bajo pretexto de justicia social, no deja de ser robo. Solo cambia el nombre.

*Exdirectora del ICBF

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