El estadio ´Eduardo Santos´, esa joya arquitéctonica que sucumbe en medio de la maleza, las basuras y nada en el olvido, cumple 13 años de ignominia con su cierre y hasta el momento sigue bajo esa oprobiosa condición.
Por
ULILO
ACEVEDO SILVA*
Hoy en día existe la clara e inequívoca voluntad de dos gobernantes por trabajar en conjunto y darle una respuesta a Santa Marta con su estadio ´Eduardo Santos´, esa joya arquitéctonica que sucumbe en medio de la maleza, las basuras y nada en el olvido.

Después de 13 años de ignominia con el escenario deportivo, la Gobernación del Magdalena que es la propietaria del inmueble ha dado muestras de corregir los errores del pasado y es por ello que la mandataria Margarita Guerra Zúñiga quiere dejar atrás lo que haya ocurrido y trazar una nueva hoja de ruta en salvación del escenario deportivo. En tal disposición también se encuentra el alcalde Carlos Pinedo Cuello. Esa articulación además de necesaria es un mandato superior del pueblo, de la gente que los eligió a ambos para que trabajen mancomunadamente por los altos intereses del territorio.
UNA HERIDA QUE DUELE
Hay heridas urbanas que duelen porque recuerdan todos los días el fracaso de quienes tuvieron la obligación de gobernar. En Santa Marta existe una de esas heridas. Está ubicada en un punto estratégico de la ciudad. Todos la conocen. Todos la ven. Todos saben que existe.
Pero durante trece años nadie ha tenido la capacidad, la voluntad o el compromiso de sanarla. Se llama ´Eduardo Santos´.

El estadio que durante décadas fue orgullo de generaciones enteras de samarios hoy permanece cerrado, abandonado, envejecido y convertido en el símbolo más evidente de la incapacidad histórica de la dirigencia política para resolver los problemas fundamentales de la ciudad.
Treinta, cuarenta o cincuenta años atrás miles de aficionados llenaban sus graderías.
Allí se celebraban encuentros deportivos, competencias estudiantiles, campeonatos aficionados y jornadas que fortalecían la convivencia ciudadana.
Hoy el silencio reemplazó los aplausos. La maleza reemplazó la alegría. Y la indiferencia reemplazó la responsabilidad institucional.

Lo que para otras ciudades sería una emergencia pública, para Santa Marta terminó convirtiéndose en paisaje.
TRECE AÑOS Y CERO SOLUCIONES
Lo más indignante no es que el estadio haya sido cerrado por razones de seguridad. Cuando los estudios estructurales determinaron la existencia de columnas agrietadas y riesgos para los asistentes, la decisión correcta era suspender su funcionamiento. Lo verdaderamente escandaloso es que después de trece años no exista una solución definitiva.
Trece años equivalen a más de una década de gobiernos nacionales. Trece años representan varios alcaldes, varios gobernadores, decenas de congresistas y miles de millones de pesos invertidos en otros proyectos. Y sin embargo el estadio continúa esperando. Las administraciones pasaron. Los discursos cambiaron. Las promesas se multiplicaron.

Pero las puertas permanecieron cerradas.
La pregunta entonces es inevitable:
¿Quién responde por trece años de abandono?
Porque la responsabilidad no puede diluirse entre comunicados oficiales y ruedas de prensa. La responsabilidad tiene nombres, cargos y períodos de gobierno. Cada dirigente que pasó por el poder y no hizo nada para rescatar el estadio tiene una cuota de responsabilidad histórica.
Mientras otras ciudades avanzaban, Santa Marta retrocedía La situación resulta aún más dolorosa cuando se compara con otras regiones del país. Mientras ciudades colombianas modernizaban escenarios deportivos, construían complejos recreativos y fortalecían sus programas de formación deportiva, Santa Marta observaba cómo uno de sus principales escenarios se deterioraba lentamente. Mientras se inauguraban estadios, coliseos y centros de alto rendimiento en diferentes departamentos, aquí se acumulaban estudios, diagnósticos y anuncios que jamás se tradujeron en obras.
Lo grave es que Santa Marta no es cualquier ciudad. Es un distrito turístico. Es la capital del Magdalena. Es una ciudad con enorme potencial deportivo. Es una ciudad que está próxima a cumplir cinco siglos de historia. Y aun así no ha sido capaz de recuperar uno de sus escenarios más emblemáticos. Eso constituye una contradicción inadmisible. La tragedia silenciosa para la juventud. Los políticos suelen hablar de oportunidades para los jóvenes. Hablan de inclusión. Hablan de deporte. Hablan de prevención de la violencia.

Hablan de construcción de tejido social.
Pero las palabras pierden valor cuando no existen escenarios donde esas promesas puedan hacerse realidad.
OPORTUNIDADES PERDIDAS
Cada año que el Eduardo Santos permanece cerrado representa miles de oportunidades perdidas. Niños sin espacios adecuados para practicar deporte. Jóvenes sin instalaciones para desarrollar talento. Clubes limitados por la falta de infraestructura. Procesos formativos debilitados. Comunidades privadas de un espacio de encuentro ciudadano. La ausencia de escenarios deportivos no es un problema menor.
ES UN PROBLEMA SOCIAL
Está demostrado que el deporte aleja a los jóvenes de la violencia, de las drogas y de múltiples factores de riesgo. Por eso resulta incomprensible que una ciudad con tantas necesidades mantenga inutilizado un escenario que podría convertirse en una poderosa herramienta de transformación social.

EL MONUMENTO A LA INDIFERENCIA
Es claro para todos que el estadio ´Eduardo Santos´ terminó convirtiéndose en algo más que un estadio cerrado. Es un monumento a la indiferencia. Cada columna deteriorada parece contar una historia de incumplimientos.
Cada gradería vacía refleja años de promesas incumplidas. Cada puerta cerrada recuerda la ausencia de liderazgo para resolver problemas fundamentales. Y mientras el tiempo pasa, el deterioro aumenta. Hay que saber que toda infraestructura abandonada se degrada.
Cada año de espera significa mayores costos de recuperación. Lo que pudo solucionarse hace una década probablemente hoy cuesta mucho más. Eso también tiene responsables.
Porque aplazar decisiones casi siempre termina siendo más costoso para la ciudadanía.

¿QUÉ DEBE HACERSE?
La ciudad necesita respuestas concretas y no más anuncios. Lo primero es realizar una actualización integral de los estudios estructurales. Lo segundo es determinar técnicamente si la infraestructura puede ser recuperada mediante reforzamiento o si se requiere una reconstrucción parcial o total.
Lo tercero es garantizar recursos ciertos, con cronogramas públicos y mecanismos de seguimiento ciudadano.
Lo cuarto es involucrar al Gobierno Nacional, la Gobernación del Magdalena, el Distrito y el sector privado en una solución conjunta. Y lo quinto es asumir el proyecto como una prioridad estratégica para la ciudad. No como un favor político. No como una promesa electoral. No como un titular de campaña.

Sino como una necesidad colectiva. Basta de darle la espalda a Santa Marta
Durante años la ciudad ha sentido que muchas decisiones nacionales se toman de espaldas al Caribe.
Y el caso del Eduardo Santos parece confirmar esa percepción.
Resulta difícil entender cómo un escenario de semejante importancia permanece olvidado durante tanto tiempo.
Santa Marta aporta al turismo nacional. Aporta a la economía. Aporta a la cultura. Aporta a la historia del país.
Sin embargo, cuando llega el momento de las inversiones estratégicas, muchas veces termina relegada.
Los samarios tienen derecho a reclamar atención. Tienen derecho a exigir respeto.
Tienen derecho a pedir que las prioridades nacionales incluyan las necesidades de esta ciudad.

ES UNA DEUDA MORAL CON SANTA MARTA
Más allá de cifras, contratos y estudios técnicos, el abandono del Eduardo Santos representa una deuda moral. Una deuda con quienes crecieron alentando a sus equipos desde las graderías. Una deuda con los deportistas que soñaron con competir allí.
Una deuda con los jóvenes que merecen oportunidades. Una deuda con una ciudad que durante demasiado tiempo ha esperado respuestas. El estadio no necesita más discursos. Necesita obras. No necesita más promesas. Necesita decisiones. No necesita más fotografías de campaña. Necesita voluntad política. Porque trece años son suficientes para demostrar que el problema nunca fue únicamente estructural.
No olvidemos que el verdadero daño ha sido la falta de liderazgo. El reloj sigue corriendo Santa Marta ya cumplió 500 años de existencia y en breve comenzará otro calendario, por 500 más, que no veremos ni usted ni yo, pero si nuestros descendientes

OPORTUNIDAD HISTÓRICA
Ahora bien, la ciudad tiene una oportunidad histórica para demostrar que todavía es capaz de corregir errores y recuperar espacios fundamentales para su desarrollo. Pero el tiempo corre. Cada día de abandono profundiza la vergüenza. Cada año de espera aumenta la deuda con los ciudadanos. Y cada promesa incumplida deteriora aún más la confianza de la gente en sus dirigentes.
Tenemos claro que el estadio ´Eduardo Santos´ no puede seguir siendo la postal del fracaso institucional. El fracaso de una ciudad entera, por lo tanto debe convertirse en el símbolo de una recuperación largamente esperada.
La pregunta ya no es si el estadio merece ser recuperado.
La pregunta es cuánto tiempo más permitirá la sociedad samaria que continúe abandonado. Porque las ciudades no se transforman únicamente por sus gobernantes. También se transforman cuando sus ciudadanos deciden no guardar más silencio. Y quizás llegó el momento de que Santa Marta levante la voz.

EL ESTADIO NOS NECESITA
Hay edificios que simplemente ocupan espacio.
Y hay otros que ocupan un lugar en el corazón de la gente. El Eduardo Santos pertenece a esta última categoría. Por eso esta no es una crónica sobre un estadio. Es una crónica sobre una ciudad que corre el riesgo de olvidar parte de su memoria. Es una crónica sobre generaciones que crecieron bajo sus graderías.
Es una crónica sobre la necesidad de recuperar aquello que nos une. Santa Marta tiene muchos desafíos. Pero también tiene símbolos que vale la pena defender.

Y entre ellos se encuentra este viejo gigante de concreto que todavía espera una nueva oportunidad. Quizás el estadio no puede hablar. Quizás sus tribunas permanecen silenciosas. Quizás sus puertas ya no reciben las multitudes de otros tiempos. Pero si pudiera pronunciar una sola frase, seguramente diría algo muy simple:
«Samarios, aún estoy aquí.» Y tendría razón.
Porque sigue aquí. Esperando. Resistiendo.
Soñando. Con volver a escuchar el rugido de su gente. Con volver a sentirse vivo.
Con volver a ser, simplemente, el inolvidable Eduardo Santos!
*Director General

