Evitemos una tragedia

Lo reitero, a una semana de las elecciones, Colombia podría adentrarse a una catástrofe sin precedentes. El país puede perder con cara y sello. Por un lado, si se elige al continuismo, que nos conduce precipitadamente de cabeza al abismo, y que ha demostrado ser la gran amenaza electoral para el futuro de la democracia; y por el otro, si el elegido es el excéntrico candidato de la extrema incoherencia, que tiene atrapados a frágiles e incautos, detrás del falso sueño, de construir la nación milagro.

Los jóvenes, segmentos de la reserva activa y del empresariado, las comunidades más pobres del Caribe y el Pacífico, deberían ser aún más conscientes en la coyuntura actual, para evitar una tragedia, por el futuro de la nación. No es sensato y es altamente riesgoso, apostarle a quienes han defendido intereses del terrorismo o a quien ha defendido toda su vida, intereses de la mafia.

Invito a leer una columna anterior en la cual describo el impresentable Oscar Goodman, exalcalde de Las Vegas (USA) y quien se hizo famoso por su excentricidad y defensa, sin ética ni moral, de prestigiosos mafiosos y estafadores. Fue investigado múltiples veces por el FBI, acusado de haber amasado una fortuna con dineros de la mafia, que finalmente, nunca pudo esclarecer, ni las autoridades condenar. Al término de su mandato, irónicamente y como un acto de desafío a las autoridades y de elogio al crimen, erigió “el museo de la mafia” en la ciudad, lavando la imagen de los más peligrosos mafiosos sicilianos, que operaban en esa ciudad.

En sus dos trastornadas administraciones no cesaron los cuestionamientos y escándalos, por el pasado que lo perseguía. Difícilmente pudo gobernar, aunque hizo algunas cosas buenas. ¿Ahora la pregunta es, esto es lo que queremos para Colombia? ¿No han sido suficientes, estos cuatro años con un ex guerrillero, sin principios, y que desafía siempre la ley, en el poder? ¡Increíble! No nos merecemos ni lo uno, ni lo otro.

Nuestras vidas están sometidas a un torbellino cotidiano de lucha incansable para preservar la coherencia. Ser consecuentes entre nuestras virtudes y profundas convicciones, con los principios y valores, que rigen la ética del comportamiento, siempre trae grandes recompensas y satisfacciones. El filósofo Scheler lo describió magistralmente, “la apariencia no oculta la esencia, la revela, es la esencia”, es decir, no hay un adentro, sin un afuera que lo exprese. Y esto es lo que se devela, con sobrada evidencia pública, sobre el excéntrico candidato, irrefutables incoherencias.

Ha generado profunda sorpresa y decepción, constatar, que un grupo muy respetable de la reserva activa de la fuerza pública ha sometido nuestro sagrado saludo y  simbolismos, así como la  condición de defensor de la Patria, a quien nunca la ha defendido, y menos en décadas de narcoterrorismo y conflicto; por el contrario, ha ejercido su profesión, empañada de innumerables cuestionamientos y denuncias, y desde la orilla contraria, de quienes hemos ejercicio la autoridad y perseguido a los criminales, que su firma ha defendido y protegido.

No ha habido en la historia reciente de la política colombiana, un candidato presidencial más cuestionado. El que no responde a la pregunta sobre la ética con la que gobernará. Denunciado repetidamente por defraudar y amenazar a clientes y víctimas, y sin explicaciones transparentes sobre el origen de su riqueza. Será una especie de Oscar Goodman, que además de atrapado en sus contradicciones, con un pasado turbio, será prisionero de las muy probables acusaciones que surgirán en su contra, resultado de la colaboración que aporten Alex Saab y alias “Boliche” a la justicia de los Estados Unidos, así como el zar del Contrabando, Diego Marín alias “Papá Pitufo”, quien está ad-portas de ser condenado.

Estamos presenciando un irónico elogio a la incoherencia, que vaticina una tragedia, en el que han convergido incomprensiblemente sectores y líderes muy respetados de la nación. Los mismos que llevarán a cuestas el karma de haber contribuido a un verdadero desastre: la posible perpetuación del comunismo en Colombia, al mejor estilo de Venezuela o Cuba; o al caos total, de un gobierno sombrío y cuestionado, atrapado en el pasado, que se derrumbará frágilmente sobre las endebles bases que lo erigieron: manipulando el sueño inalcanzable de todos, la nación milagro, una mentira monumental.

El voto para salvar la patria es el voto que suma. Nunca será el voto complaciente con el terrorismo y, tampoco, el que promete destripar a opositores, donde la ética y la legitimidad, no importan para gobernar.

*Exdirector de la Policía Fiscal Aduanera

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