La gran pregunta es: ¿qué será más importante, las cámaras o el tejido social? Porque en la era de la hiperconectividad, los gobernantes locales han encontrado en la tecnología su fetiche favorito para calmar la ansiedad ciudadana.
Ante el rugido delincuencial en las calles, la respuesta automática suele ser el anuncio rimbombante de nuevas cámaras con inteligencia artificial, drones de última generación y centros de monitoreo que emulan bases espaciales. Sin embargo, tras el destello de las pantallas, la pregunta de fondo sigue latente: ¿puede un algoritmo reemplazar el valor del tejido social y el instinto humano en la seguridad?
La tentación de la “tecnopolítica” es comprensible. Para un alcalde es más sencillo y rentable políticamente inaugurar un lote de cámaras -con corte de cinta y fotografías para la prensa- que emprender la silenciosa y compleja tarea de reconstruir la confianza comunitaria en barrio marginado. Se vende la falsa premisa que la seguridad es un problema meramente técnico que se resuelve con más ojos digitales, olvidando que la verdadera prevención nace de la cohesión social y de la legitimidad de las instituciones en el territorio.
El peligro de volcar la estrategia de seguridad hacia el determinismo tecnológico es doble: por un lado, el riesgo de deshumanizar el servicio policial, reduciendo el patrullaje tradicional y el contacto con el ciudadano a una fría respuesta de cuadrante, activada por sensores. El oficial de policía no es un operario de software, es un actor social cuya efectividad radica en conocer al tendero, al líder comunitario y las dinámicas invisibles del sector. El instinto policial y la doctrina del servicio de cercanía no se programa en un código binario.
Por otro lado, la tecnología sin comunidad es estéril. Una cámara puede registrar un delito en alta definición, pero rara vez lo evita si no hay una ciudadanía dispuesta a denunciar o una patrulla a pocos metros lista para actuar. La videovigilancia es un espejo de la realidad, no su solución. Cuando el Estado confía la tranquilidad pública exclusivamente a los cables y a las lentes, termina vigilando la decadencia en lugar de prevenirla.
La seguridad ciudadana no se mide en megapíxeles, sino en la solidez de sus instituciones y en la fortaleza de sus comunidades; la tecnología debe ser un medio, un complemento valioso para la inteligencia y el despliegue operativo, jamás el fin de la estrategia. Si permitimos que el frío lente de una cámara reemplace el calor del tejido social y la mística del uniforme en la calle, habremos tecnificado el control, pero perdido la seguridad.
Al fin del día, las ciudades no se pacifican desde el monitor, sino desde el asfalto, donde la confianza comunitaria sigue siendo el arma más poderosa contra el crimen.
*Exdirector de la Policía Nacional.

