Un GRANDE de la radio se ha ido

A los 91 años de edad, don Augusto Pío Diaz Granados Illidge le dijo adiós a este mundo terrenal, lo hizo en su hogar, rodeado del amor de su esposa, hijas, nietos y familiares, cerró sus ojos un hombre bueno, servicial y ejemplo del buen periodista.

Por

ULILO

ACEVEDO SILVA*

Hablar de Augusto Pío es hablar del origen mismo de la radio en estas tierras, alegre y tropical. Es remontarse a una época donde el micrófono no era solo un instrumento, sino una responsabilidad. Era la manera más inmediata de conexión con un público que creía a ciegas en quien le hablaba y orientaba. Y lo hacía de esa manera porque de los labios de quien les hablaba se respiraba verdad, conocimiento, decencia, humanismo, compromiso. Eso transmitía don Augusto Pío Diaz Granados Illidge.

Su camino comenzó en Radio Sutatenza, donde se iniciaron los grandes del micrófono en este país. Radio Sutatenza, ese proyecto que transformó la comunicación en Colombia y llevó educación a los rincones más apartados del país, fue su cuna. Desde allí comenzó a forjar una visión del periodismo que nunca abandonó: el periodismo como servicio.

Dueño de una prodigiosa voz, con una entonación perfecta, una pausa inédita que le recogía su interior y luego retumbaba con los énfasis de ser oído por todos.

Luego de Sutatenza vendrían Ondas del Caribe donde transformó la radio, aprovechó el radioteatro y puso a divertir a las audiencias de la época. Le siguieron Radio Magdalena con el profesor José Manuel Conde, y luego cuando aparecieron las cadenas nacionales como Caracol, RCN y Todelar lo ´pelearon´ por tener al mejor. Y ese mejor era Augusto Pío. En cada una dejó algo más que su trabajo. Dejó enseñanzas, dejó amigos y la eterna gratitud por enseñar

UN PERIODISTA VALIENTE

En tiempos donde muchos optaban por el silencio, él eligió la palabra. Fue un defensor frontal de Santa Marta. No tuvo miedo de señalar los errores de los malos gobiernos, ni de cuestionar a los dirigentes indiferentes. Su voz no se acomodaba al poder, no maquillaba, era incisivo, certero y su reclamo uno solo: el bienestar de la gente. Y eso lo convirtió en algo más que periodista: lo convirtió en conciencia.

Augusto Pío entendió que el periodismo —ese que Gabriel García Márquez llamó “el oficio más bello del mundo”— no es para tibios. Es para valientes. Y él lo fue hasta el último día.

Hoy duele su partida, pero también se siente su presencia en cada periodista que alguna vez lo escuchó, lo vio, lo admiró o aprendió de él.

UN HOMBRE RESPETADO

En los círculos periodísticos, en los espacios sociales, en la conversación cotidiana, su nombre se repite con respeto. No hay discusión posible sobre su grandeza. No hay matices cuando se habla de él.

Las voces como la de don Augusto Pío no se apagan con la muerte. Se transforman en memoria. Se convierte en guía. Permanecen en quienes aprendieron de él y en quienes, sin haberlo conocido, reciben su influencia.

Su voz sigue viva en cada periodista que decide no callar frente a la injusticia, frente a los poderosos, enfrentarlos con talento, inteligencia, y sobre todo con la verdad en cada denuncia, es lo que lo hace ejemplar. Eso es trascender.

A los 91 años no se apaga una vida. Se completa una historia. Y se deja un legado. Su partida ha causado consternación en todos los círculos sociales.

Porque no todos tienen el privilegio de vivir una vida útil. Y Augusto Pío no solo vivió: sirvió, defendió a su comunidad, por lo tanto es un eco que no se apaga. Dicen que los grandes de la radio nunca mueren del todo. Porque su voz queda suspendida en el aire. Y es cierto.

Hoy, será recordar tantas jornadas juntos en los noticieros que compartimos, en los editoriales que junto al escritor Emilio Jota Bermúdez publicábamos en Radio Magdalena para hacer despertar del letargo a una ciudad adormecida e indiferente. Hoy aunque el micrófono esté en silencio,

aunque la cabina está desocupada, aunque la ciudad se dedique más a escuchar las estridencias que no enseñan, que no dejan nada distinto que una contaminación auditiva, si se escucha el eco valeroso de un periodista que tuvo la talla para decirle siempre al pan pan, y al vino vino.

Se nos fue un grande. De esos que no se repiten, de esos que dejan huellas imborrables y para quien no hay despedida suficiente.

¿PORQUE FUE MAESTRO?

Sencilla la respuesta. Por que enseñó, forjó, todos aprendimos de él. Formó generaciones enteras de comunicadores y locutores en Santa Marta y el Magdalena. No enseñó lo que no se encuentra en los libros: la ética, la dignidad, la rectitud, el profesionalismo, la decencia, pero sobre todo, un buen ser humano.

Enseñó que el micrófono no es para lucirse, sino para servir. Ese es el legado, invisible pero profundo que deja don Augusto Pío.

Su partida ha causado una profunda consternación en todos los sectores de Santa Marta. No hay rincón del periodismo que sea indiferente a su partida.

Hoy Santa Marta inclina la cabeza con respeto. El Magdalena guarda silencio. Y el periodismo, adolorido, pero erguido, le dice adiós a uno de los suyos, a un GRANDE con letras mayúsculas, irrepetible, un ser que allá en la eternidad será siendo reportero para siempre!. ¡Vuela alto maestro! Descansa en paz.

*Su alumno.

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