LA GUERRA DEL CENTAVO: anafes rodantes que causan miedo

A diario, la ciudad de Santa Marta es testigo de la llamada ´guerra del centavo´que protagonizan conductores de buses del servicio de transporte urbano de pasajeros pertenecientes a las empresas Cootransmag, Rodatur y Transportes Bastidas. Además del pésimo servicio, los usuarios tienen que ver expuestas sus vidas por la competencia de los irresponsables conductores.

En Santa Marta, subirse a un bus urbano dejó de ser un acto cotidiano para convertirse en un ejercicio de fe. Fe en que el vehículo no se apague en plena subida, en que los frenos respondan cuando el semáforo cambie a rojo, en que el motor no estalle en llamas y en que el conductor, enceguecido por la guerra del centavo, no convierta la ruta en una pista de carreras donde el premio no es la vida, sino unas monedas más al final del día.

La escena se repite todos los días, a toda hora. En el Centro Histórico, en la Avenida del Libertador, en la Troncal del Caribe, en los barrios populares y en las vías que conectan a la ciudad con su periferia. Buses viejos, destartalados, cubiertos de hollín, expulsando nubes de humo negro como chimeneas industriales, circulan sin pudor por las calles de la capital del Magdalena. Son los anafes rodantes de un sistema de transporte que parece detenido en el tiempo, mientras el riesgo avanza a toda velocidad.

UNA GUERRA SILENCIOSA, PERO LETAL

La llamada guerra del centavo no es nueva, pero en Santa Marta ha alcanzado niveles alarmantes. Conductores que compiten entre sí por cada pasajero, que se atraviesan, se cierran, frenan en seco, aceleran sin medir consecuencias. Todo vale cuando lo que está en juego es llenar el bus y asegurar el producido del día.

En esa guerra no hay árbitros visibles. No hay controles reales. No hay sanciones ejemplares. Y, sobre todo, no hay una autoridad que parezca dispuesta a ponerle freno a una práctica que ya ha cobrado accidentes, incendios, heridos y un miedo creciente entre los usuarios.

“Uno se monta y no sabe si se va a bajar”, dice María, una trabajadora del sector comercio que a diario toma dos buses para llegar a su empleo. “A veces el bus suena como si se fuera a desarmar, huele a gasolina quemada y el conductor va peleando con otro bus como si fuera una carrera”.

LOS BUSES: UNA BOMBA DE TIEMPO

El parque automotor del transporte urbano en Santa Marta es, en muchos casos, una vergüenza rodante. Vehículos con más de dos y hasta tres décadas de uso siguen prestando servicio sin las mínimas condiciones de seguridad. Puertas que no cierran, asientos sueltos, ventanas rotas, pisos corroídos por el óxido y sistemas eléctricos improvisados con cables expuestos.

Las fallas mecánicas son el pan de cada día: frenos deficientes, motores sobrecalentados, direcciones inestables. No son pocos los casos en los que buses han quedado varados en plena vía o, peor aún, han terminado incendiados, con pasajeros evacuando en medio del pánico y el humo.

Cada bus en mal estado es una ruleta rusa. Cada viaje es una apuesta en la que pierden siempre los mismos: los usuarios, los trabajadores, los estudiantes, los adultos mayores.

CONSORCIO ZIRUMA

Detrás de este caos hay nombres propios. El Consorcio Ziruma, junto a las empresas Cootransmag, Rodatur y Transportes Bastidas, administra buena parte del transporte urbano de pasajeros en la ciudad. Sin embargo, frente a las denuncias ciudadanas, los accidentes recurrentes y el deterioro evidente de los buses, la respuesta ha sido el silencio.

Silencio ante los buses que botan humo como fábricas ambulantes. Silencio ante los incendios que han puesto en riesgo la vida de pasajeros. Silencio ante la guerra del centavo que convierte las calles en escenarios de alto riesgo.

No hay explicaciones claras. No hay planes visibles de renovación de flota. No hay compromisos públicos que se traduzcan en acciones reales. La sensación ciudadana es que las empresas operan sin control efectivo, amparadas en la inacción del Estado.

OÍDOS SORDOS Y OJOS CERRADOS

Si hay un actor que la ciudadanía señala con insistencia es la Secretaría de Movilidad Distrital. Para muchos samarios, esta dependencia se ha convertido en una entidad ausente, reactiva solo cuando la tragedia ya ocurrió y las imágenes circulan por redes sociales.

Mientras los buses se descomponen, compiten, se incendian y contaminan, los controles parecen inexistentes o insuficientes. ¿Dónde están las revisiones técnicas rigurosas? ¿Dónde las sanciones a los vehículos que no cumplen condiciones mínimas? ¿Dónde los comparendos ejemplares a los conductores irresponsables?

La percepción general es que la Secretaría de Movilidad se hace la de los oídos sordos, mientras la ciudad sigue expuesta a un peligro rodante que crece día a día.

PASAJEROS REHENES DEL SISTEMA

En esta historia, los pasajeros son rehenes de un sistema que no les ofrece alternativas dignas. Muchos no tienen otra opción que subirse a estos buses para ir a trabajar, estudiar o acceder a servicios básicos. Pagan el pasaje, pero reciben a cambio miedo, incomodidad y riesgo.

Adultos mayores que deben subir escalones imposibles. Madres con niños pequeños apretados entre latas calientes. Estudiantes que viajan colgados de las puertas. Todo esto ocurre mientras el bus avanza lanzando humo negro, afectando no solo la seguridad vial, sino también la salud pública y el medio ambiente.

Respirar en un bus urbano de Santa Marta es, para muchos, una experiencia tóxica.

CONTAMINACIÓN Y ABANDONO URBANO

Los llamados ´anafes´ rodantes no solo amenazan la vida de los pasajeros, también degradan la ciudad. La contaminación visual y ambiental que generan estos buses contradice el discurso de Santa Marta como destino turístico y ciudad sostenible.

¿Cómo se le explica a un visitante que esta es la puerta de entrada a una ciudad que presume de naturaleza, cuando el transporte urbano parece sacado de una postal del abandono?

El humo, el ruido, el caos vial y el mal servicio son síntomas de una ciudad que no ha logrado ordenar uno de sus sistemas más esenciales.

¿Esperar la tragedia? La pregunta flota en el ambiente como el humo de los buses: ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo las autoridades reaccionarán solo cuando ocurra una tragedia mayor? ¿Hasta que un bus se incendie con pasajeros dentro? ¿Hasta que una colisión producto de la guerra del centavo deje muertos?

La historia en Colombia y en otras ciudades demuestra que la omisión también mata. La falta de control, la permisividad y la indiferencia institucional son combustible para las tragedias anunciadas.

LLAMADO A LA ALCALDÍA

Desde esta crónica se eleva un llamado urgente y directo a la Alcaldía de Santa Marta: es momento de actuar. De sancionar al Consorcio Ziruma y a las empresas Cootransmag, Rodatur y Transportes Bastidas cuando incumplan la normatividad. De exigir una revisión profunda del parque automotor. De castigar con severidad a los conductores irresponsables que convierten la guerra del centavo en una amenaza cotidiana.

La vida de miles de samarios no puede seguir dependiendo de buses en ruinas y de la suerte.

La ciudad merece un transporte digno. Santa Marta merece un sistema de transporte seguro, moderno y humano. Merece que movilizarse no sea un acto de valentía, sino un derecho garantizado. Merece autoridades que escuchen, empresas responsables y conductores conscientes de que llevan vidas, no cargas.

Porque cada bus que circula en mal estado es una advertencia. Cada carrera por un pasajero es un riesgo innecesario. Y cada día de silencio oficial es una deuda con la ciudad.

La guerra del centavo no es solo un problema de transporte. Es una herida abierta en la seguridad, la dignidad y la confianza de Santa Marta. Y si no se actúa ahora, mañana puede ser demasiado tarde.

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