Volver ya a casa o esperar, dilema de los venezolanos

Desde 2013, miles de venezolanos comenzaron a llegar al departamento del Magdalena huyendo de una crisis que no daba tregua. Santa Marta se convirtió en refugio, en escala y, para muchos, en destino final.

Más de 100 mil venezolanos residen en Santa Marta y otros 50 mil está diseminados en los municipios del Magdalena. Miles de ellos añoran con volver a su tierra. Otros dudan que lo hagan.

En Santa Marta, barrios como Villa Caracas, Villa Maracaibo, Estado Zulia no son nombres pintados al azar. Son epifanías cotidianas de una patria que quedó atrás, de familias que recorrieron kilómetros y dolor para salvar sus vidas. Pero en cada esquina de esos sectores subnormales palpita una constante: el dilema de volver o quedarse.

Allá, en Venezuela, el país continúa atrapado en una tormenta que va cediendo poco a poco, bajo el poder de ´Tío Sam´.  Es la fórmula de.. ´a las buenas o a las malas´.

A comienzos de este año, el arresto de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses sacudió los cimientos del Estado venezolano, generando incertidumbre, tensión política y una crisis institucional sin precedentes. Pero que poco a poco ha ido recobrándose la esperanza porque el régimen ha empezado a entender que su tiempo, acabó.

Desde luego que la situación política es tensa. Tras la captura de Maduro, la vicepresidenta Delcy Rodríguez fue proclamada presidenta interina por la justicia chavista, mientras la comunidad internacional debate sobre la legitimidad del nuevo liderazgo.

Pero aunque las portadas hablen de geopolítica, lo que verdaderamente importa para millones de venezolanos es algo más elemental: ¿hay pan mañana? ¿hay medicinas? ¿está mi hijo seguro?

LA ESPERANZA HECHA CARNE

Para Paulina Marcano —emprendedora y madre de familia— regresar hoy no es una opción viable. “Ir a Venezuela implicaría un riesgo enorme. La dictadura sigue, la libertad de expresión no existe, y mi familia correría peligro.”

Estas palabras no son una metáfora. Durante años, organismos internacionales han documentado violaciones de derechos humanos, detenciones arbitrarias, restricciones a la libertad de reunión y expresión, e incluso desapariciones forzadas en Venezuela.

Además, mientras la población afronta una crisis económica profunda con inflación fuera de control y salarios que apenas alcanzan para subsistir, la producción nacional se ha reducido casi a una economía de supervivencia.

Paulina mira a sus hijos jugar en un callejón de Villa Caracas y siente algo que muchos aquí reconozcan: estar atrapado entre el amor por tu tierra y el deber de proteger a los tuyos. Esa contradicción es la misma que escuchamos cada día en las plazas de Santa Marta.

LA VENEZUELA DE HOY

No es solo política. La vida cotidiana en Venezuela sigue siendo un desafío de supervivencia extendido por más de una década. Según encuestas recientes, más del 60% de la población lucha constantemente por acceder a alimentos básicos, y casi la mitad declara que su ingreso no alcanza para satisfacer sus necesidades esenciales.

La crisis no es sólo económica, es humana: hospitales sin insumos, escasez de medicinas, aumento de enfermedades prevenibles y servicios públicos colapsados forman parte del paisaje.

Pero incluso en medio del desgaste, existe una resistencia profunda: ferias de trueque, redes de ayuda comunitaria, emprendimientos caseros emergentes y una población que sigue luchando por dignidad y futuro.

¿ROMANTICISMO O REALIDAD?

Cuando se pregunta a los venezolanos en Santa Marta por la posibilidad de regreso, las respuestas oscilan entre nostalgia y miedo. Algunos guardan en la memoria los recuerdos de la infancia: las arepas de la abuela, las navidades en familia, los paisajes de su estado natal. Otros recuerdan con fuerza el sonido de las sirenas, las largas filas por pan, o noches enteras sin electricidad.

Pero hoy, volver no es sólo cruzar una frontera —es arriesgar la estabilidad conseguida con esfuerzo. Aunque se ha generado un movimiento internacional para reconstruir la democracia en Venezuela tras los recientes eventos, la falta de certezas políticas y la precariedad económica hacen que muchos evalúen el retorno como una posibilidad lejana.

Además, la comunidad internacional mantiene sanciones y medidas restrictivas ante violaciones al Estado de derecho y represión política, lo que complica aún más cualquier proceso de reconstrucción interna que pudiera hacer viable un regreso masivo.

La tragedia del migrante no acaba con la frontera. Aquí en Santa Marta, los venezolanos han creado nuevas raíces —amigos que se parecen a familia, trabajos precarios que significan independencia, risas que luchan contra la nostalgia, logros pequeños que valen por gigantes.

Pero a pesar de ese avance, la pregunta sigue viva: ¿volvemos cuando amanezca, o esperamos a que cambie el mundo?

En cada mirada, en cada historia, late un deseo de reunificación —no para revivir el pasado, sino para construir un futuro donde Venezuela no sea sólo el recuerdo de un hogar perdido, sino el lugar hacia donde realmente se pueda volver.

LOS BARRIOS DE VENEZOLANOS

En Santa Marta hay barrios donde Venezuela no es un recuerdo: es una presencia diaria. No aparece en los mapas oficiales ni en los planes de ordenamiento territorial, pero vive en los nombres de las calles, en los acentos que se cruzan al amanecer, en las arepas que se asan sobre fogones improvisados. Son territorios levantados a pulso por hombres y mujeres que cruzaron una frontera con lo puesto y decidieron quedarse vivos.

Aquí, en estas zonas subnormales que crecieron al borde de la ciudad formal, habitan miles de venezolanos. Algunos llegaron solos. Otros con hijos pequeños. Muchos con padres enfermos. Casi todos con una historia de urgencia. Desde 2013, cuando la crisis venezolana comenzó a empujar a su gente fuera del país, el Magdalena se convirtió en refugio, en escala, en destino final para quienes ya no tenían margen para esperar.

En Santa Marta, el exilio no se vive en abstracto. Se vive en casas de madera y zinc, en empleos informales, en jornadas largas, en el miedo constante a que la estabilidad lograda se desmorone. Pero también se vive en la solidaridad, en la comunidad, en la capacidad de empezar de nuevo.

Y, sobre todo, se vive en una pregunta que nadie responde del todo: ¿volver ya o esperar?

CUANDO IRSE FUE LA ÚNICA OPCIÓN

Para entender ese dilema hay que volver atrás. A los años en que Venezuela dejó de ser un país habitable para millones. No de golpe, sino lentamente, como se vacía una casa cuando ya no queda nada que defender.

Primero fueron las colas interminables para comprar alimentos. Luego la escasez de medicinas. Después, los apagones, la inflación, la inseguridad. Finalmente, el miedo. Miedo a hablar, a protestar, a escribir, a opinar. Miedo a los colectivos armados, a las detenciones arbitrarias, a la violencia que no distingue edades ni oficios.

Muchos de los venezolanos que hoy viven en Santa Marta recuerdan con precisión el día en que entendieron que debían irse. No fue una decisión heroica ni planificada. Fue una necesidad. “Me fui cuando vi que mis hijos comían una sola vez al día”, dice una mujer en Villa Maracaibo. “Me fui cuando ya no había antibióticos para mi mamá”, cuenta otro. “Me fui cuando entendí que quedarse era morirse despacio.”

Salir de Venezuela no fue un viaje. Fue una huida. A pie, en bus, en carro prestado. Cruzando trochas. Durmiendo en terminales. Llegar a Colombia fue, para muchos, una mezcla de alivio y humillación. Alivio por seguir vivos. Humillación por empezar desde cero.

SANTA MARTA COMO REFUGIO

Santa Marta no prometía riqueza ni comodidad. Prometía algo más básico: posibilidad. La posibilidad de trabajar, de comer todos los días, de enviar a los niños a la escuela, de caminar sin miedo a desaparecer por una opinión.

Aquí los venezolanos encontraron rechazo y solidaridad a partes iguales. Hubo puertas cerradas, pero también manos extendidas. Con el tiempo, aprendieron a moverse en la ciudad, a conocer sus ritmos, a sobrevivir en la informalidad. Vendedores ambulantes, mototaxistas, obreros, cocineras, emprendedoras. Oficios nacidos de la urgencia.

Y en medio de esa adaptación, comenzaron a levantar comunidad. Los barrios crecieron, se organizaron, se bautizaron con nombres que dolían menos que el anonimato. Llamar Villa Caracas a un asentamiento precario no era negar la pobreza: era resistir al olvido.

Pero el arraigo no borra la nostalgia. Cada llamada desde Venezuela, cada noticia, cada rumor político reactiva la herida. Porque el exilio no se supera: se aprende a cargar.

ENTRE LA ESPERANZA Y EL MIEDO

Hoy, más de una década después del inicio del éxodo, Venezuela sigue siendo un país en crisis profunda. Aunque algunos indicadores económicos han mostrado leves mejoras en zonas específicas, la realidad cotidiana de la mayoría de la población continúa marcada por la precariedad.

Los salarios siguen siendo insuficientes. El sistema de salud permanece colapsado en amplias regiones. La inseguridad no ha desaparecido. Y la libertad de expresión continúa limitada. Los colectivos armados, señalados por múltiples organizaciones de derechos humanos, siguen presentes como factor de control social y violencia.

Los cambios políticos recientes han reactivado la conversación sobre el retorno. Cada anuncio, cada captura, cada movimiento internacional se interpreta como una posible señal de quiebre. Pero en el terreno, la vida sigue siendo frágil. No hay garantías claras. No hay seguridad jurídica. No hay certeza de que volver signifique vivir mejor.

Por eso, para muchos venezolanos en Santa Marta, la esperanza convive con el temor. Esperanza de que algún día el país sea habitable otra vez. Temor de regresar demasiado pronto y perderlo todo.

Mientras tanto, la vida sigue en Santa Marta. Los niños venezolanos hablan con acento mixto. Van a escuelas colombianas. Sueñan con futuros que no necesariamente incluyen cruzar la frontera de regreso.

Los adultos trabajan, pagan arriendo, envían remesas cuando pueden. Han construido una normalidad precaria pero real. Una normalidad que no quieren perder.

Aquí está el verdadero dilema: quedarse no significa olvidar Venezuela, y volver no garantiza recuperarla.

Muchos viven con la patria suspendida en el tiempo. No la idealizan, pero tampoco la sueltan. Esperan. Observan. Evalúan. Porque después de tanto dolor, nadie quiere equivocarse otra vez.

En los barrios venezolanos de Santa Marta, la pregunta sigue abierta. No hay respuesta colectiva. Cada familia decide en silencio. Cada historia pesa distinto.

Por ahora, la mayoría espera. Espera señales claras. Espera seguridad. Espera dignidad. Espera que Venezuela deje de ser un riesgo y vuelva a ser un hogar.

Mientras tanto, aquí siguen. Construyendo ciudad. Sosteniendo memoria. Viviendo entre dos países.

Porque el exilio no siempre termina con el regreso. A veces termina cuando volver deja de doler. Y ese día, para muchos venezolanos en Santa Marta, todavía no ha llegado.

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