Cuando el contador de historias se distancia del falso progresista

Héctor Abad Faciolince es un escritor que ha construido su reputación narrando la intimidad de la vida colombiana, con sus luces y sombras. Su obra más conocida, El olvido que seremos, marcó un hito en la literatura nacional, no solo por su calidad literaria, sino por su capacidad de conectar con el país a través de la memoria, el dolor y la búsqueda de justicia. Pero más allá de la literatura, Abad ha sido un observador agudo de la política colombiana, y en sus últimas columnas ha puesto la lupa sobre el presidente Gustavo Petro, con un análisis que resuena con quienes ven en su gobierno más dudas que certezas.

En dos domingos consecutivos, Abad ha descrito a un líder que, lejos del progresismo que proclama, ha demostrado una flexibilidad ideológica sorprendente, apoyándose sin escrúpulos, en cuestionados politiqueros con los que se entienden a las mil maravillas y pontifica desde la IA, el espacio sideral, el peloponeso y la termodinámica. Para el escritor, Petro no es el reformista que dice ser ni el revolucionario que algunos esperan, sino un político que se acomoda según las circunstancias, sin un rumbo claro para el país.

La imagen que Abad traza de Petro es la de un gobernante que juega con la ambigüedad. Se presenta como el enemigo del establecimiento, pero pacta con él cuando le conviene. Promete un cambio estructural, pero sus decisiones a menudo reflejan cálculos estratégicos más que convicciones firmes. Habla de justicia social, pero en su administración la improvisación, la culpa de otro y el caos parecen ser la norma.

Lo que resalta en la crítica de Abad no es solo el análisis político, sino la decepción de un intelectual que, como muchos, pudo haber esperado más de quien llegó al poder con la promesa de transformar el país, pero que al final se pierde en la retórica fantasiosa y en una alegoría insípida, presentándose como el último Aureliano de un país macondiano condenado a cien años de soledad. En lugar de un líder con una visión clara, encuentra a un gobernante que se debate entre la retórica incendiaria y la realpolitik más pragmática.

La pregunta que queda en el aire es fundamental: ¿qué quiere realmente Petro para Colombia? ¿Es un presidente con un proyecto de nación, o simplemente alguien que busca mantenerse en la lucha por el poder? El país debe estar atento: el vecindario latinoamericano es un laboratorio donde los tubos de ensayo ideológicos hierven con la efervescencia del poder, mientras las sanas intenciones de mejorar la vida de las personas quedan relegadas al fondo del experimento.

Mientras el escritor mantiene su coherencia en la crítica y en el relato, el presidente sigue enredado en su propio cuento. Como en los grandes relatos del realismo mágico, el gobernante se aferra a su propio mito, incapaz de aceptar que el tiempo y la historia siguen su curso. Porque, al final, como escribió García Márquez: “El poder absoluto es el placer de mandar, la lujuria de sentirse obedecido y el miedo de no serlo nunca más”.

*Abogado

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